martes, 25 de agosto de 2009

Democracia Vital o Ciudadanía de las Mujeres

La violencia de género produce en el mundo más víctimas que el cáncer, los accidentes de tráfico, la malaria o el terrorismo internacional"

Jornadas de la FEMP:
"Modelos Innovadores de Participación Ciudadana"
con la intervención de CIUDADANAS
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"LA PASARELA DE LA HISTORIA"
CD y LIBRO
"Aproximación a la historia a través de la indumentaria femenina." UN ENCUESTA REVELA QUE LAS MUJERES ESPAÑOLAS DEDICAN EL TRIPLE DE TIEMPO QUE LOS VARONES AL HOGAR Y LA FAMILIA
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Mª Elena Simón Rodrïguez
Las democracias modernas han resuelto de modo inadecuado la ciudadanía de las mujeres y por tanto resultan democracias incompletas, cuando no directamente cínicas. Lo que la autora propone es la constitución de un pacto social que se sustenta en las ideas de compromiso ético y de equivalencia, autonomía y solidaridad. Este proceso, que exige que la ciudadanía de las mujeres sea autodesignada, requiere un triple pacto: el de la subjetividad (de cada mujer consigo misma), el de la identidad (mediante el que las mujeres nos reconozcamos como tales) y el de solidaridad o ínter‑géneros (en el que reconstituir las relaciones entre mujeres y hombres desde claves de equipolencia y no exclusión).
La Ciudadanía de las mujeres es un hecho mal definido y mal resuelto desde la fundación de las democracias modernas, enraizado en la tradición clásica. Esta circunstancia ha condicionado enormemente la conceptualización genérica de las mujeres en su conjunto, como de inferior y menor categoría, considerándolas así como indignas o no merecedoras de igual trato, de igual rango y de igual derecho: seres humanos hembras, definidas por su naturaleza reproductiva y sexual, no incluidas en los presupuestos básicos de la convivencia democrática, excluidas de los beneficios y avances políticos de la Modernidad, resumidos en su slogan: Igualdad, Libertad y Fraternidad.
Históricamente los derechos de las mujeres han sido discutidos y puestos en cuestión hasta la saciedad, argumentando el dimorfismo sexual para negarles el acceso a los bienes de progreso y simplemente a la apreciada ciudadanía. Actualmente los términos de estos debates han cambiado, pues el no merecimiento de derechos en tanto que mujeres no se puede sostener teóricamente desde el pensamiento democrático y no resulta políticamente admisible.
Pero, sin embargo, subsisten maquinarias invisibles y redes subterráneas bien equipadas para resistir y rutinas psicosociales bien cimentadas para ganar la baza patriarcal. Seguramente podríamos proponer un símil con la cultura del bunker (escondidos para resistir el embite) y de la guerra química (destrucción o ataque masivo con poco coste). El fundamentalismo patriarcal ancla sus cimientos en sólidas estructuras aunque en apariencia sus edificios se hallen medio arruinados, desvencijados, anticuados o no adaptados a las nuevas necesidades.
Todos estos mecanismos ocultos, simbólicos y subterráneos alimentan la vida en la superficie. Quizás por ello encontramos difícil explicación a fenómenos que ya no tienen razón de ser ni fundamento aparente. ¿Por qué persisten y se recrudecen las situaciones de malos tratos o de acoso sexual a mujeres, aunque estén cada vez más formadas y sean menos dependientes? ¿Por qué las mujeres siguen realizando tareas y trabajos mal remunerados y ocupan tan pocos puestos de poder? ¿Por qué perduran las diferencias salariales? ¿Por qué la vara de medir el mérito y la competencia es todavía la de la bondad, la simpatía y la belleza para las mujeres? ¿Por qué continuan siendo ellas la mayoría de cuidadoras de las vidas dependientes de menores, ancianos y enfermos? ¿Por que las mujeres realizan trabajos gratuitos o voluntarios con naturalidad y altruismo? ¿Por que las jóvenes tienen que continuar pasando el calvario de adaptar sus expectativas biográficas para complacer?
¿Tenemos alguna respuesta para estas cuestiones? Nuestra explicación está basada en el análisis feminista de género. Aplicando este método de observación, descubrimos que, por debajo del discurso democrático de los derechos universales y de la igualdad, la educación sentimental, el universo simbólico y el conocimiento androcéntrico que intervienen en el proceso humano de socialización, conforman las mentes y las conciencias de mujeres y de varones dando sustento a la organización sociopolítica patriarcal, que perjudica a las mujeres en su conjunto. Las mujeres y los varones conceptualizan de forma implícita la consideración desigual y el rango inferior‑superior, y, sin motivo aparente, funcionan como si la naturaleza hubiera programado esta inferioridad‑superioridad social.
Esta explicación puede ser que aclare algunas de las contradicciones apuntadas más arriba, en las preguntas. Si los mandatos patriarcales dicen que soy débil y dependiente de los varones, yo me lo creo y aguantaré sus consecuencias: sufrir humillaciones, abusos y malos tratos: en ello me va la existencia económica y emocional como ser humano, pero a un tiempo pone en peligro mi vida. Si los mandatos patriarcales me colocan en una situación de subordinación sexual, como objeto del deseo varonil y como objeto de transacción, yo tengo que responder a esas expectativas del amo, si en ello me va la existencia laboral o familiar, aunque ponga en peligro mi porvenir como ciudadana. Si los mandatos patriarcales me condicionan y entrenan para elegir y practicar trabajos de mujeres y para no desear realizar otros, si en ello me va la existencia económica y la evaluación moral, los realizará sin plantearme si son o no de mi agrado y si corresponden a mis cualidades o a mis habilidades.
Los varones continuan la inercia de su situación heredada. No tienen una buena razón para alterar los presupuestos emocionales y culturales que les indican que ellos deben estar siempre por encima de ellas y aparentar prepotencia: más fuerza, más poder, más dominio, más gasto, más espacio, más ruido, más razón, más riesgo, más violencia.. Para ello creen que pueden e incluso deben seguir avasallando, porque las mujeres ya no se retiran espontáneamente de los espacios y de los bienes y derechos comunes, porque las mujeres ya no creen a ciegas en la superioridad varonil y simplemente la soportan o se quejan de ella, porque las mujeres en su conjunto apuestan por el cambio de las costumbres, para encontrar beneficio y hueco paritario.
Como no se ha destruido el simbólico patriarcal, vivimos una dura y oscura etapa de transición (esperemos que al menos sea pacífica) hacia un nuevo modelo de contrato socio-sexual, que parta de la equivalencia de las partes, en este caso de hombres y mujeres. No hablamos de la igualdad aquí porque es un concepto desgastado e interpretado de forma interesada las más de las veces. Hablamos de equivalencia, equipolencia y equipotencia. Hablamos del "Tanto monta", con sus peculiaridades: objetivamente yo tengo mucho más que ver con un varón de mi clase, edad, condición y ámbito geográfico, que con una mujer de otra cultura o de otra época y clase. Sin embargo, mientras las mujeres no estemos incluidas real y simbólicamente en el contrato social que rige la convivencia, yo puedo creer que tengo más que ver con una mujer afgana actual o con una sufragista británica del siglo pasado. ¿Simplemente porque ellas y yo podemos ser madres, porque en nuestros respectivos espacios y tiempos somos "la naturaleza y el sexo de menor rango político"? Pues, ciertamente, a veces resulta así. Las mujeres somos consideradas más veces idénticas entre nosotras que iguales y diferentes entre nosotras y respecto a los varones. El estatuto de igualdad‑diferencia es superior al de la identicidad, que implica ausencia de distinción. Este estatuto suele aplicarse siempre, a lo otro desconocido: vemos idénticos los matorrales cuando no conocemos sus nombres y sus características, confundimos entre sí a las personas de raza negra o amarilla, no valoramos innovaciones en un aparato cuando no lo dominamos, y las mujeres aparecen como intercambiables.
Creo que a todo este embrollo difícil de desenredar contribuye en gran parte la adjudicación patriarcal de ámbitos de género, muy complicados de reformar y más aún de eliminar. Me refiero al ámbito de la Implicación en el Cuidado y al ámbito de la Imparcialidad en ¡ajusticia.
La Implicación en el Cuidado y la Imparcialidad en la justicia son necesarias para la vida civilizada, que es a la que aspiramos y en la que aparentemente nos desenvolvemos. Ni una ni otra son más importantes ni más necesarias para que la vida común sea posible en condiciones que llamamos humanas. Ni una ni otra requieren de cualidades o características más nobles ni más destacadas. Simplemente funcionan en distintas frecuencias y no se superponen más que accidentalmente, porque están clasificadas con parámetros de género y tienen adjudicados estereotipos y roles socio-sexuales que separan sim­bólicamente a los varones de las mujeres, aunque convivan, se eduquen y trabajen en cercanía o en contacto y reciban mensajes oficiales de igualdad.
El ámbito de la Implicación en el Cuidado está definido patriarcalmente como propio de la naturaleza de las mujeres y por tanto, derivado de su condición sexual. Tiene correlación con las habilidades expresivas, con el otro concreto, con el empleo circular del tiempo, con el amor y el altruismo, con la mediación. Está privado de reconocimiento económico y de cualificación específica: se da por supuesto en todas las mujeres el instinto maternal, el gusto por el detalle, la paciencia y la empatía, ejemplo de cualidades que son requeridas necesariamente para las tareas de cuidado, que son continuas y sin tregua, que no producen mérito extraordinario pero sí castigo real o simbólico si se abandonan o se rechazan.
El ámbito de la Implicación en el Cuidado no es objeto de contrato ni de definición política. Pertenece simbólicamente a la naturaleza de las mujeres y con la naturaleza no solemos efectuar procesos de negociación y de pacto, sólo nos servimos prudentemente de ella o abusamos, sin pedirle opinión.
El ámbito de la Imparcialidad en la justicia está conceptualizado en el patriarcado como propio de los varones. Desde el principio de la organización social conocida los varones han monopolizado la política, las religiones, la economía y el conocimiento, excluyendo a las mujeres. Así, han definido este ámbito como más importante y digno de ser estudiado, mejorado y remunerado con dinero, fama, bienes, rango, influencia. Se considera tan necesario para la vida común que se alimenta en el ámbito de la reproducción de la vida y del cuidado de ésta para poder subsistir. El ámbito del cuidado se adjudica desde el ámbito de la justicia a seres humanos reducidos a la condición de servidumbre, dependencia e incluso esclavitud, de la que no es fácil salir, porque en ello va la vida las más de las veces.
El ámbito de la Imparcialidad en la justicia obtiene rango de cultura, es objeto de contrato, definición y transmisión, se enseña, se valora, se remunera, identifica a las personas y a los pueblos o a los grupos humanos. Desde muy antiguo lo podemos asimilar al progreso de la humanidad, a las mejoras de las condiciones de vida, a la ciencia, a las técnicas, a los oficios, a las religiones, a las normas y al derecho, pero también al dominio, la guerra y la competitividad salvaje.
¿No querremos creer ahora que varones y mujeres nacen especialmente sellados para ser adscritos automáticamente a uno u otro ámbito? La interesada ciencia llamada socio-biología está intentando encontrar genes responsables hasta de las habilidades para el planchado o para la conducción de vehículos. Genes de "género" los llamaría yo, desvirtuando así la confusión entre naturaleza y cultura, del sexo y del género, confusión que se alimenta desde estos poderosos ámbitos de la investigación y del saber androcéntricos. ¡Qué cómodo es para el patriarcado continuar convenciéndonos a unas o a otros de que nuestra naturaleza es cuidadora o justa, que las mujeres nos movemos bien cuando nos implicamos y los varones cuando son imparciales, que eso es lo nuestro y no debemos empeñarnos en cambiarlo, porque es antinatural!
Yo preguntaría para empezar: ¿Conocéis a alguna chica a la que no gusten las tareas de cuidado, que viva sin realizarlas y que consiga que las realicen para ella, sin ser remuneradas, solo por amor? Seguramente podemos confeccionar una nómina bastante amplía o bastante corta, pero en cualquier caso podemos poner nombres de mujer a estas mujeres. Por tanto, existen y son tan naturales como culturales.
¿Conocéis a algún chico que no sea capaz de imparcialidad, que se fije en el detalle, que funcione por impulsos emocionales, que se ponga en el lugar del otro concreto, que alimente, acompañe y apoye a quienes viven en su entorno? Si es así, podremos comenzar a hacer una lista. Pero estoy segura de que podemos llenarla también con nombres masculinos.
Esto nos demuestra que la naturaleza no nos ha programado, que somos seres culturales en gran parte y que poseemos cualidades e inclinaciones personales que nos diferencian y nos hacen singulares. Pero, por desgracia, la libre expansión de éstas se halla totalmente mediatizada por los llamados "mandatos patriarcales". Sólo hemos conseguido en este avanzado momento de la historia y en las sociedades democráticas que esos mandatos están algo debilitados, que no sean de sentido obligatorio universal, que no lleven detrás amenaza de cruel castigo, apartamiento o muerte.
Pero estas sociedades democráticas, llamadas de otro modo Estados de Bienestar no han conseguido arbitrar bien‑estar para sus poblaciones en conjunto. Los Estados de Bienestar son sociedades que decidieron a través de pactos sociales de reparto, a través de los impuestos, a través de la redistribución, otorgar a toda la ciudadanía ciertos beneficios que le aseguraran la vida en condiciones civilizadas. La educación y la atención a la enfermedad, las carreteras, la policía y la limpieza de las vías públicas son bienes cuyo disfrute y uso se ha universalizado en estas sociedades del bienestar. No así otros que permanecen en manos de quienes pueden pagárselos o que se donan graciosamente a quienes carecen de lo más mínimo. Por ejemplo: la alimentación y la vivienda o las ropas y enseres.
Las sociedades de los Estados de Bienestar están estancadas y no sólo
no progresan sino que parecen retroceder. Siguen sin contar en igualdad de condiciones con toda su población: definen unos principios y los nadean en la práctica. Dicen interesarse por el bienestar y producen malestar. No se ocupan de los ámbitos del cuidado, no individualizan la educación ni la atención médica, no resuelven los malestares estructurales de la falta de oportunidades y de bienes de una gran parte de sus habitantes. Siguen aplicando las leyes de forma interesada y no conceden respiro ni tregua a las mujeres en su conjunto a las que continúan haciendo responsables de la calidad de vida diaria de toda la población, incluida la de ellas mismas.
Las mujeres ya no estamos ocultas en nuestros hogares y calladas en rincones. Pero seguimos desautorizadas socialmente para proponer soluciones creativas que nos incluyan, en el camino de la resolución de problemas actuales. ¿Será porque aún no somos bastantes? ¿Será por falta de entrenamiento? ¿Será porque falta aún tiempo para llegar al consenso sobre una verdadera política de las mujeres? ¿Será, quizás porque los individuos pertenecientes a categorías desvalorizadas por el poder no pueden hablar en nombre propio y con autoridad sin que se les confunda con sus idénticos y se les considere poco imparciales, interesados y emocionalmente implicados en sus propuestas? Yo me inclino a pensar en esta última explicación, porque incluso en los ámbitos en los que las mujeres están cualificadas, son mayoría y se ponen de acuerdo, tienen enormes dificultades para llevar a cabo sus propuestas como mujeres: o bien se pliegan al poder constituido y se mimetizan con él, o bien se dedican a cuestiones "neutras" sin connotaciones socio-sexuales, para evitar que se las tache de excesivamente implicadas o resentidas.
Las políticas feministas, fruto del consenso implícito o explícito entre mujeres, de los pactos seriados o juramentados, como diría Celia Amorós, están todavía sumergidas en círculos de calidad no reconocidos a la luz del día. Se están cimentando en una cierta clandestinidad y prosperan lentamente, en tanto en cuanto los canales de comunicación son muy limitados y precarios.
Yo os propongo desde aquí que desarrollemos las políticas feministas bajo la idea maestra del contrato social, pero, por supuesto, aportando nuestra inclusión de la que no se han ocupado específicamente ninguno de los padres fundadores de esta idea democrática que contiene en si el germen del progreso humano. Os propongo que la despojemos de exclusión, de sentido de bonus‑malus, de conceptual ilaciones y tratos de desigualdad. Os propongo entablar con Rousseau un larguísimo debate en el que no le concedamos el turno de réplica, por el perjuicio causado a todas las mujeres que desde su época hasta ahora vivieron y vivimos en sociedades de pacto social.
El pacto social es el resultado más espectacular del deseo de convivencia pacífica y de reparto de los beneficios resultantes de la vida civilizada. Es totalmente cultural y obliga a una continua negociación de los términos y a una redefinición de los objetivos. El pacto social que propongo aquí sería más bien un pacto sociosexual, para contar en igualdad de condiciones con todas las personas que constituyen una población democrática y que en teoría tienen derecho al acceso paritario de sus beneficios.
El pacto sociosexual del que hablo se desglosa en una triple vertiente. Nace y se sustenta en las ideas de compromiso ético y de equivalencia, autonomía y solidaridad.
Retoma la tradición del pacto social para completarla, para despojarla de exclusiones. Nos parece contrario a los principios de justicia y de Imparcialidad, el ámbito masculino por excelencia, que se pretendan beneficios para una parte de la población con exclusión de la otra. Quizás esta afirmación puede parecer desajustada en los tiempos actuales. Pero no es así, pues aun ahora permanecen las diferencias de trato entre hombres y mujeres sólo por serio: pensemos en los malos tratos, los trabajos y salarios, las especializaciones profesionales, el papel de las madres o de los padres, las voces públicas de las mujeres o de los varones, etc...
Por eso una política de las mujeres ya va siendo urgente, Desde nosotras, para nosotras y para ellos. La ciudadanía de las mujeres debe empezar a ser autodesignada. Y a partir de este primer paso, redefinir el concepto "universal" de ciudadanía, para los varones y para las mujeres.
El método que planteo, el del triple pacto, se explica esquemáticamente del siguiente modo:
El pacto de la subjetividad, intrapsíquico, de cada mujer consigo misma como persona humana singular, para encontrar y elegir la propia definición, autodesignándonos dentro de la amplísima gama de opciones humanas, transgrediendo o no los mandatos de género, según nuestras cualidades, necesidades, deseos, características, aptitudes.
El pacto de la identidad, intragenero, mediante el cual las mujeres nos conozcamos y reconozcamos como integrantes de una inmensa categoría que proviene de la cultura de la heterodesignación, que nos ha colocado del lado de la subordinación y de la naturaleza, despojándonos de la palabra y de los bienes públicos, categoría la de las mujeres que, sin embargo, ha generado y genera modos, saberes y valores propios, que deben contribuir a la construcción y mejora del bagaje común de la humanidad en su conjunto.
El pacto de la solidaridad, intergéneros, que, por difícil que nos parezca, es quizás el camino más conveniente para no limitar nuestras posibilidades ni nuestras iniciativas y para no encorsetar en unos estrechos límites el porvenir expansivo y libre de las más jóvenes ni comprometer la vida social y política de las mujeres al margen de los centros de poder y de saber.
Para todo ello es menester mucho trabajo, mucha cooperación y mucha competencia. Este tipo de proceso lento y de resultados no visibles de inmediato, no está de moda en este momento de explotación masiva de beneficios materiales para unos pocos en perjuicio de muchos. Pero la labor de topo dará sus frutos y alcanzará a nuestros objetivos, aunque a la larga sea, pues conecta en estos momentos con las ideologías emergentes y con los deseos de tantas gentes para salir del abuso, la imposición, la violencia y la dilapidación de recursos. En general las mujeres estamos en los márgenes o fuera de estos circuitos, para nuestra suerte o para nuestra desgracia, pero desde estas posiciones, que en principio son peores, estamos mejor situadas para emprender iniciativas creadoras de nuevas formas de convivencia democrática. Creo sinceramente que por poco tiempo ya vamos a aceptar silenciosa y resignadamente las violencias estructurales, reales o simbólicas contra nosotras. A la fase de abuso patriarcal, o de machismo recalcitrante, para decirlo en palabras más populares, puede suceder fácilmente una fase de "hembrismo" que apunta ya en algunos ámbitos donde las mujeres son mayoría y empiezan a expresar un cierto sentimiento colectivo de superioridad y de desprecio hacia los varones. También pueden generalizarse posturas y propuestas segregadoras, que definan a las mujeres sólo con respecto a su propio sexo y a su propia experiencia como mujeres. Pero también puede suceder que prosperen modelos de convivencia pactados, civilizados y progresistas, en los que las mujeres seamos sujetos protagonistas y objetos de beneficio. Esta última es mi opción y en pos de ella realizo esta propuesta, que considero trabajosa y compleja, pero que promete a mi entender, el bienestar al que aspiramos en gran parte las poblaciones de los Estados de Bienestar.
En mi libro de reciente publicación donde expongo ampliamente todas estas ideas aquí apuntadas apenas ("Democracia vital: mujeres y hombres hacia la pleno ciudadanía". Marcea Ediciones. Madrid, 1999), propongo un par de muestras de actuación con base en este triple pacto: en una institución escolar y en una institución familiar.
Desde la reestructuración de la subjetividad, a través del pacto intrapsíquico, de cada persona con ella misma, despojándose de los exigentes mandatos de género y teniendo la oportunidad de elegir y desarrollarse de verdad con autonomía y libertad, porque el sistema educativo le dé instrumentos de valoración, de conocimiento y de orientación no sesgados por el sexo, cada estudiante podrá comenzar a realizar su pacto intra‑género, o de la identidad de pertenencia: las chicas con las chicas y las profesoras, los chicos con los chicos y los profesores. Este pacto, lejos de significar segregación y enfrentamiento, se propone desde una perspectiva de cooperación y su objetivo es llegar a conocer la condición de género de la que se proviene, para poder enfrentarla y transformarla. Así se podría llegar al pacto ínter‑géneros o de la identidad de referencia. A esta parcela de trabajo corresponderá una redistribución de roles, tareas, espacios. Negociar cuotas de representación paritaria, impregnar del hecho socio‑sexual el currículo, atender a los chicos y a las chicas como tales, cuidar los lenguajes y transformarlos para que no refuercen estereotipos, dedicar una especial atención a los aprendizajes que la familia o la sociedad no facilita en cuanto a las barreras sexistas que aún perduran. Precisamente este tipo de trabajo aboca a procesos negociadores y a objetivos en los que la cultura del pacto sea el eje central: "Si tú pierdes, yo pierdo"
El ejemplo de la escuela es transportable a otros ámbitos de la existencia humana donde deseemos que aparezca y se desarrolle la "Democracia vital". Es una utopía que se vislumbra como posible, puesto que las condiciones actuales de reconocimiento de derechos abren el paso a las condiciones objetivas para que así pueda suceder.

martes, 18 de agosto de 2009

VIOLENCIA DE GÉNERO, ¿UN CONFLICTO DE TODOS Y TODAS?


Mª Elena Simón Rodríguez

En la actualidad, una vez superada una larga etapa de exclusión de las mujeres de los derechos de ciudadanía, constatamos que uno de los asuntos que causan alarma social estriba en las consecuencias de la violencia masculina contra las mujeres. Y todo el mundo se pregunta por las causas y las resistencias.

No debemos llamarla violencia doméstica (de puertas adentro de las casas). Se produce también en ambitos escolares, laborales y cívicos. Muchas veces no se tiene vinculo con el agresor o se ha roto por expresa voluntad de la mujer agredida. Tambiém es violencia masculina, contra las mujeres la violación, la prostitución forzada o el acoso y el abuso emocional, sexual, intelectual o económico practicados dentro de la pareja.

Ninguna mujer está libre del peligro que supone alguna de estas formas de violencia por el mero hecho de ser mujer. Por eso sí que es conflicto de todas.
Muchos hombres no violentos tienen que conocer que hay formas de colaboración entre ellos que hacen que este tipo de violencia se perpetúe: bromas y chistes, alardes, machadas, micromachismos, consentidos o aplaudidos por ellos mismos. Por eso sí que es conflicto de todos.

Y por eso es imprescindible que abordemos este problema con un tema fundamental dentro del proceso de socialización de ellas y de ellos. Niñas y niños deben crecer juntos con la convicción de que son seres humanos de igual valor y categoría. Para ello deben aprender unos y otras "lo femenino" y "lo masculino· como humano e intercambiable, en la escuela, en la familia y en la sociedad. Los medios de comunicación debían imperiosamente de presentarles un modo de comunicación y relación cooperativo y un mundo común, desterrando la guerra de sexos y los excesos de feminidad y masculinidad patriarcal, que muestran y refuerzan de forma exagerada.

Pero sobre todo es un problema de los hombres que son los causantes. Nuestra contribución debe consistir en interrumpir toda acción machista, misógena o sexista que significan dominio y poder masculino o de sumisión y subordinación femenina, para que puedan ir despareciendo esas falsas creencias ancestrales por las que todo hombre se puede y debe sentir dueño de su mujer y toda mujer servidora de su hombre, como ser superior e inferior, respectivamente, dependientes ambos de esa relación de desigualdad.

Para ello tendremos que transformar costumbres, modos y maneras enquistadas de relación, creencias falsas, mitos, conocimientos excluyentes y lenguajes despectivos respecto a las mujeres.

Todo ello supone el programa mínimo, la pioridad ética y política más valiosa, que darán lugar a la creación de las nuevas personas que están requiriendo las nuevas sociedades, sociedades que enarbolan la Igualdad y la Libertad como bandera.

Mientras a los varones se les socialice para el enfrentamiento y la violencia como forma rentable de relación y comunicación y las mujeres sean entrenadas para satisfacer las necesidades y deseos masculinos de todo tipo, no acabaremos con la dependencia funcional de los varones y emocional de las mujeres, que interiorizan en ellas y ellos las carencias como ventajas.

La violencia contra las mujeres es un grave conflicto que requiere de un esfuerzo grande y especial para erradicarlo, esfuerzo intelectual, emocional, económico, político y cultural, colectivo, institucional y personal. Un esfuerzo de todas y todos.

Y tú, ¿qué haces?.

viernes, 10 de julio de 2009

lunes, 22 de junio de 2009

Queridas amigas y amigos yo no soy "meninfot" y también estoy muy harta


¿De qué sirve estar harto?

Una vez pasadas las elecciones europeas, de nuevo comprobamos la desolación moral e intelectual del paisaje humano que nos toca compartir en esta hora y en esta tierra. A la estulticia e indignidad de la formación ultraconservadora que domina los comicios valencianos desde tiempo inmemorial se une la fe ciega y la obediencia gregaria de una buena parte del electorado (del que va a votar, claro está) y la disgregación suicida del centroizquierda y de la izquierda sociopolíticas. Todo ello tiene sus causas, complejas, que otros sabrán indagar, pero que creo que hunden sus raíces en un pueblo autocomplaciente, ‘meninfot’ y ‘panxacontenta’, del cual acaban siendo un reflejo las instituciones políticas que dicen representarlo. Las escasísimas figuras de la izquierda que han podido destacar excepcionalmente por un análisis más fino de la realidad y por unas propuestas coherentes, poco o nada conocidas públicamente, no se animan a encabezar o a nuclear nuevas formaciones políticas, asumiendo –ellas también– el desencanto generalizado entre la parroquia progresista, ayuna hoy por hoy de la más mínima ilusión colectiva.

Enmarcada en el avance conservador que se verifica en Europa (atención al crecimiento de las candidaturas ultras y xenófobas), tiene especial gravedad la deriva que se experimenta en España y cuyo paradigma sufrimos en Madrid y en Valencia. En nuestro caso llama poderosamente la atención el comportamiento berlusconiano de las masas adictas al PP, montando circos ambulantes y muestras de adhesión inquebrantable al presidente Camps (imputado por recibir regalos a cambio de favores económicos desde su posición de poder) y acudiendo a votar masivamente, en un ejercicio impropio de los herederos de un franquismo que veía en la democracia el peor de los peligros. Ya en ocasiones anteriores pudimos comprobar cómo otros representantes de la ‘alta’ política manipulaban los resultados electorales según su código ético particular: Fabra se autoabsolvió de los delitos que se le imputaban (que se le siguen imputando), González Pons dijo que el accidente de Metro de Valencia estaba resuelto políticamente, Barberá aduce un día sí y al otro también que su enloquecida agresión al Cabanyal está justificada por el apoyo obtenido en las urnas. Ahora se pide la absolución de Camps. Y de nuevo, ni los líderes, ni las manadas borreguiles que les siguen adonde aquellos quieran, son capaces de discernir que sólo merece la absolución quien ha pecado, lo cual nos lleva de modo ineludible a reflexionar por qué estos católicos a ultranza solicitan la absolución en la calle cuando tendrían que hacerlo en el confesionario, que es el lugar natural para ello, según nos contaba su amado catecismo.

Más para el asombro en estos días: Rajoy se queja porque tiene que hablar del avión Falcon de Zapatero debido a que los socialistas habían introducido el tema en la campaña (cuando fue el propio PP el que originó la polémica, pensando en el posible rédito electoral), Mayor confirma que al PP le parece peor el aborto que los abusos pederastas (barriendo para la pía casa), Barberá denuncia que le obligan a tomar una píldora que odia (quizás no sepa que la ley no obliga a ninguna chica a tomarla, como no obliga a las de 16 años a abortar sin decírselo a sus padres), Rus grita un delirante “¡Arriba España!” (¡eso sí que es un ejercicio de nostalgia!)… Ni el control absoluto de RTVV ni la adscripción ideológica de una mayoría de medios informativos justifican –aunque ayudan mucho– el comportamiento de la población, que insiste en bendecir la corrupción de la derecha mientras crucifica el menor desliz de otras opciones (la cocina de Pla, una minucia si se compara con los trajes del Consell, o la pifia garrafal de Soler en Elx, con sus movidas políticas asociadas…).

Ante este panorama vivido y el que presumiblemente viviremos en un futuro de extensión todavía por determinar, ¿de qué sirve estar harto? Alguien dirá que lo mejor para nuestra salud mental podría ser aceptar estas realidades que nos circundan y nos absorben, asumirlas de una vez por todas y seguir funcionando en nuestras casas, en nuestros trabajos, en nuestros círculos relacionales, sin dejarnos atribular por ellas.

Pero me niego a ello. Y vuelvo a proclamarlo: estar harto, y manifestarlo, es mi manera de mantener la dignidad, de defenderme y de sentirme entero y vivo en medio de una inmensa tropa de zombies que camina hacia el precipicio, corruptos in pectore, incapaces de analizar los hechos que suceden en sus mismas narices, dispuestos a toque de pito a plañir su victimismo (confabulaciones y contubernios varios: Europa, Catalunya, los ‘radicales’…) o, ya en la otra orilla, embarcados en disputas fratricidas a cuenta de galgos y podencos o sobre quién sale o no en la foto.

Pasqual Requena
València, 8 de juny de 2009
http://arqr.blogspot.com
http://www.barriodelcarmen.net/buenaventura/actualitat/columnas/106/1468-de-que-sirve-estar-harto.html

lunes, 15 de junio de 2009

"Gracias, señoras"


Tengo 33 años, soy madre trabajadora, separada e hija de madre de 54 años divorciada, trabajadora. Le doy gracias a mi madre porque puedo votar, abortar, trabajar, casarme, separarme y querer porque quiero, porque me ha enseñado a tener derecho a ser respetada y él deber de respetar. Me ha enseñado a trabajar y a que la vida no me dé miedo, a ser independiente, a meter la pata y a pedir perdón,y ha predicado con el ejemplo..Y le doy las gracias a Salgado, a Muñoz, a Alborch, a Marquina,,, y a tantas que en el anonimato han conseguido que todos los derechos que tengo me parezcan fáciles, pero que no me olvide de que todavía hay muchas mujeres sin mis derechos. También doy las gracias a esos hombres que las han respetado, han creído en ellas, han entendido que la vida cambia.
Lola Beneyto (correo publicado en el suplemento del diario "El País" del domingo, 14/6/09)A.V.

UMOJA, aldea de mujeres

Es la historia de una mujer, Rebecca Lolosoli, y de una aldea, Umoja, un suceso y una historia de las que gustan por ser tan escasas y no llegar nunca a la primera página de los periódicos.

Hace unos diez años, unas mujeres de Kenia decidieron abandonar sus hogares y fundar una aldea. Sus motivos no eran faltos de peso. Todas habían sido violadas por soldados ingleses, abandonadas por sus maridos y desterradas de la comunidad según una ley muy común para este tipo de delito que quiere que la culpable sea la víctima. Una vez que la nueva aldea estuvo más o menos construida –un par de docenas de casitas de barro y paja dispuestas en círculo en lo alto de una colina cercana a la Reserva Nacional de Samburu, una región de enorme belleza, aunque más o menos abandonada a causa de la sequía y baja productividad–, las mujeres decidieron que allí jamás un hombre sería admitido y que la aldea se llamaría Umoja, que quiere decir “unidad” en Swahili.

Alentada por este primer éxito, Rebecca recorrió las aldeas de los alrededores para hablar a las mujeres de sus derechos y convencer a las apaleadas de que rehusasen toda relación sexual con un marido violento o polígamo. “Las mujeres han de exigir primero su derecho. El respeto vendrá después.” Refugio para las azotadas y lugar de asesoramiento para viudas sin recursos, la aldea da también cobijo a las que, como una niña de trece años, sobrina de la misma Rebecca, deben unirse en matrimonio con un hombre tres veces más viejo. En esta aldea, prohíbida a los hombres, no hay escisión para las pequeñas, no se las casa con viejos y los muchachos ayudan a las mujeres en el trabajo. Hoy, medio centenar de mujeres con sus 150 hijos viven y trabajan en Umoja. Emocionante resultado de la inteligencia, del coraje y de la determinación, aquello que no era sino un refugio de mujeres que comenzaban de cero se convirtió rápidamente en un lugar económicamente viable, próspero, pacífico y, si no temiéramos la palabra, feliz.

La región, una de las más espléndidas de Kenia, está surcada todo el año por autocares cargados de turistas que, empuñando las cámaras, llegan ávidos de artesanía. Las mujeres de Umoja comprendieron enseguida el provecho que podían sacarle a esto, y reciben a los turistas en un campamento muy cómodo, les enseña su centro cultural y venden en la tienda artesanal toda la muñequería que producen y que enloquece a los turistas.

Es aquí donde esta bella historia adquiere un carácter francamente cómico. Los maridos rechazados de la aldea cercana decidieron primero atacar. “Cuando los hombres nos arrojaron piedras decidí hacer caso omiso"–cuenta Rebecca–y preguntarles a las mujeres: ‘¿Estáis bien? ¿Vuestros hijos están bien? ¿Vuestras vacas están bien?”. Entonces intentaron crear un pueblo ahí cerca –digamos a distancia de un tiro de piedra – y copiar las recetas económicas de sus ex compañeras. ¡Ay! “En la comunidad de Samburu sigue siendo la mujer quien trabaja. Se despierta temprano, hacia las tres, trabaja todo el día y se acuesta tarde, hacia las 11 de la noche. El hombre duerme cuando y cuanto quiere. Al despertar reclama su desayuno, saca a veces el ganado del establo y se echa a dormir bajo un árbol. El resto del tiempo juega con sus amigos y exige que se le lleve la comida donde se encuentre”. El resultado era previsible y la aldea competidora fue abandonada.

Al haber fracasado en los hechos, el jefe de esta aldea rival, Sebastián Lesinik, intentó defenderse en el terreno de las ideas: “El hombre es la cabeza. La mujer es el cuello. Un hombre no puede recibir consejo de su cuello… Una mujer no es nada en nuestra comunidad. No tienen la posibilidad de contestar a los hombres o de hablar frente a ellos, tengan o no razón”. Y luego, con filosófica resignación: “Ella está cuestionando lo más profundo de nuestra cultura. Ese parece ser el asunto en estos tiempos modernos… las mujeres que causan problemas como Rebecca.” Pero las cosas tampoco resultan fáciles en el terreno de las ideas. Es así que otros grupos lograron presentar en el parlamento de Kenia proyectos de ley que prohíben los matrimonios abusivos y la mutilación genital y condenan la violación.

Centenares de mujeres viudas de maridos víctimas del sida se agrupan en torno de Margaret Auma Odhiambo, otra heroína que las defiende. En la vecina Uganda, miles de mujeres luchan contra la poligamia, fuente incontrolada para la propagación del sida. En el parlamento de Ruanda, país mártir de un genocidio con 800.000 víctimas, las mujeres ostentan hoy el 49% de los escaños. En Níger, las mujeres luchan por entrar en la política y piden la posibilidad de presentarse en las presidenciales: “Los hombres no han sabido gobernar correctamente este país”, explican.

Sin dudas, queda mucho camino por hacer, aunque sea en Derecho consuetudinario. En este continente tan paradójico, las africanas proveen el 70% de la producción de alimentos, pero no disponen de ningún derecho a bienes raíces, prerrogativa de los hombres. En Zambia, la mayor parte de las viudas tiene vedado el acceso a las tierras de familia. En Swazilandia, las mujeres no pueden ser propietarias de tierras por ser menores ante la ley. En Kenia, la ley estipula que hombres y mujeres tienen los mismos derechos en cuanto a la herencia, pero cuando un hombre muere sin testamento, lo que suele ser el caso general, la transmisión de la tierra se rige por la ley consuetudinaria del grupo. En la práctica, estima un estudio de Naciones Unidas, las mujeres no tienen ningún derecho en cuestiones de herencia.
“Estamos al principio de algo importante para las mujeres de África”, dijo Margaret Auma Odhiambo, de Kenia.
¡Insh’ Alá!
14 Jun 2009
NICOLE THIBON (periodista)
A.V.

"Hipocresía o mal entendimiento"



Dones progressistes de Manises denuncia la hipocresía del Ayuntamiento de Manises, que por una parte promete a esta asociación su total apoyo, incluso acude a nuestra presentación (4 concejalas) para demostrar su "presunto talante democrático" y por otro lado eluden responsabilidades como:

Primero: la cuestión económica, (nos hemos inscrito tarde y ya están aprobadas todas las subvenciones)

Segundo: La cuestión de que nos cedan un local para que podamos desarrollar nuestras actividades (todas las asociaciones de mujeres de Manises tienen un local). El Alcalde dijo que lo estudiaría y la Concejala de la mujer nos prometió que tendríamos un local disponible siempre que lo necesitáramos pero la verdad es que, cuando pedimos reunirnos en un local municipal todo son excusas.

Para nuestra presentación cambiamos la fecha y se alargo para el 8 de mayo porque todo eran "pegas" desde la Casa de Cultura, incluso en el horario tuvimos que retrasar el acto media hora.

El día 3 de junio programamos una reunión con nuestras asociadas, por lo que solicitamos una sala en la Casa de Cultura para el día 25 de mayo, según la agenda estaba libre. Cinco días después llaman por teléfono para comunicarnos que debido a la campaña electoral no podían darnos la sala que solicitamos.

Mal entendimiento, ya que, efectivamente, por motivos políticos nos deniegan nuestro derecho a reunirnos en la Casa de Cultura a pesar de que somos una asociación de mujeres y no somos un partido político y no nos consta que el resto de actividades de la Casa de Cultura se paralizase. Quizá no servimos a sus intereses. No hacemos ganchillo, ni exposiciones de trabajos manuales, ni sorteamos microondas con dinero del Ayuntamiento y desde luego no somos partícipes de concursos de la Diputación de recetas de cocina cuya base es "el tomate". Sin embargo si respetamos a las asociaciones de mujeres que dedican su tiempo a estas actividades.

Desde aquí reivindicamos nuestros derechos como asociación de mujeres y si el Ayuntamiento quiere nuestro respeto que se lo gane......
T.C